Arabia Saudí o el precio de la conciencia de Occidente
Desde un principio la dinastía saudí aparece íntimamente unida al wahabismo.
El primer fundamentalista islámico moderno
fue Muhammad ibn Abd al Wahhab, un tratante de camellos oriundo de
un pueblo cercano a La Meca, que predicó durante las postrimerías del siglo
XVIII que el imperio otomano había usurpado la labor de custodia de los santos
lugares. Frente a los decadentes turcos, Wahhab defendía la purificación de la
sociedad islámica a través de las rígidas tradiciones de la escuela jurídica
sunni hanbalí. Basaba su movimiento en un literalismo riguroso del Corán,
incluso más severo que el de los ulemas tradicionales, en la recuperación del
sentido comunitario del islam primitivo y, lo más peligroso, impulsar la yihad.
El movimiento wahabí desde un principio pretende unificar la península arábiga
bajo un único mando político y poner los santos lugares bajo la custodia de los
“auténticos” guardianes de la fe. Para ello proclama la yihad contra los turcos
y todas aquellas tribus rivales que seguían apoyando a la Sublime Puerta.
También desde un principio la dinastía saudí aparece íntimamente unida al
wahabismo. Wahhab se casa con una hija de ibn Saúd, y desde
entonces la ecuación político-religiosa formada por el movimiento wahabí y el
clan Saúd acompañará al proceso de formación de Arabia Saudita como nación.
Tras varios levantamientos militares fracasados durante el siglo XIX, a
principios del siglo XX el clan saudí, apoyado por los Ijwan, un
ejército de fanáticos wahabíes, consigue derrotar al clan rival Rashid y
conquistar Riad, para también imponerse a la dinastía hachemí en la región de
Hiyaz y lograr la hegemonía en la península arábiga. En 1934 culmina este
proceso y se proclama el Reino de Arabia Saudí con las fronteras actuales,
convirtiéndose en el primer estado musulmán fundamentalista. El régimen saudí,
más allá de su integrismo islámico, va a caracterizarse por su feudalismo y el
poder absoluto de los miembros de la casa reinante.
Hasta aquí lo que no sería más que una cuestión
interna de la evolución histórica de un país, un elemento de la identidad árabe
y un episodio del pensamiento en el mundo musulmán. Pero el nuevo orden que
tras la Segunda Guerra Mundial se impone en el mundo, con el liderazgo en
Occidente de EE.UU. y el movimiento anticolonialista y tercermundista enmarcado
en la guerra fría, unido a una economía energéticamente dependiente del
petróleo, sitúa a Arabia Saudí en un lugar prioritario de las relaciones
internacionales. Evidentemente el nuevo reino árabe carecía de los más mínimos
conocimientos y tecnología para extraer y explotar los inmensos recursos petrolíferos
que poseía su subsuelo. Se encargaran de ello las multinacionales petroleras
useñas. Standard Oil de California establece en 1933 una
filial en Arabia Saudí, la California Arabian Standard
Oil (Casoc), en la que en 1936 entra Texaco como
socio y que en 1944 se transforma en la poderosa Aramco, Arabian
American Oil Company, que andando el tiempo acabará en manos saudíes en su 100
%.
Estos intereses económicos hacen que la política
exterior estadounidense preste especial atención a sus relaciones con la
familia real saudí. Primero, inmediatamente terminada la guerra mundial, para
consolidar su esfera de influencia en competencia con los británicos y sus
compañías petroleras que se apoyaban en las monarquías hachemitas de la zona.
Tras el comienzo de la guerra fría y el triunfo de los nacionalismos árabes en
Egipto, Siria e Irak, que gozaban del apoyo de los soviéticos, Arabia Saudita
se convierte en un aliado esencial en la región. Además de las razones
geoestratégicas, Arabia Saudita, tras la crisis del petróleo de los años 70, se
convirtió en una potencia económica, alcanzado la astronómica cifra de 115.000
millones de dólares en ingresos anuales procedentes del petróleo en 1981. Esta
lluvia de petrodólares posibilitó que la monarquía emprendiese a partir de 1970
una serie de planes de desarrollo para modernizar la economía y conseguir
cierta diversificación para no depender totalmente del crudo. Se construyeron
plantas petroquímicas y de fertilizantes, hierro, acero y cemento. El país se
convirtió en un gran demandante de la experiencia y tecnología de las las
grandes empresas estadounidenses y europeas, representando un negocio más que
rentable para las mismas. Pero esta abundancia de efectivo también constituía
un atractivo irresistible para la banca occidental. El 90 % de inversión
saudita en el extranjero se concentra en EEUU, Japón y Europa, creando un
considerable nivel de influencia financiera en todo Occidente.
Política de laissez faire
Todas las potencias occidentales mantuvieron una
política de laissez faire respecto a la falta de
democracia interna del régimen saudí, las violaciones de los derechos humanos,
la anacrónica aplicación de la sharia o las prácticas
medievales de la mutawa, la policía religiosa wahabí. Con el
triunfo de la revolución islámica en Irán en 1979, Arabia Saudí va a quedar
como la nación más importante favorable a los intereses occidentales en la
zona. La guerra de Afganistán y la guerra contra Irak reforzarían ese papel,
añadiendo además los pingues beneficios de la creciente venta de armas al
ejercito saudí. La convergencia con los intereses de Occidente parecían estar
más claros que nunca, se trataba de defender un régimen que contrarrestaba el
radicalismo antioccidental en la región, posibilitaba la estabilidad en el mercado
del petróleo y que era, además, una potencia financiera con grandes inversiones
en Occidente.
La arrogancia ilustrada de los gobiernos norteamericanos y europeos hizo
que minimizasen la importancia del factor religioso
Las extravagancias de los príncipes saudíes y sus
abusos feudales en el interior del país se pasaban por alto a nivel político en
Occidente, con la esperanza de que el creciente nivel de vida y las políticas
sociales que hacían que las ciudades saudíes se desarrollasen con una pujante
clase media, alumbrasen un nueva época de transformaciones materiales y
culturales de carácter aperturista. Este difícil equilibrio entre la
modernización y alianza con Occidente con el feudalismo de la monarquía saudí y
el integrismo islámico que la ha sustentado, generó descontentos. Sectores
religiosos, clases populares, pero también un importante número de
profesionales e intelectuales pensaban que la monarquía estaba traicionando la
ley islámica. Osama Bin Laden fue el producto más brutal de aquel
descontento. Pero lo cierto es que la arrogancia ilustrada de los gobiernos
norteamericanos y europeos hizo que minimizasen la importancia del factor
religioso, indisolublemente unido en el mundo musulmán al factor político.
La revolución de los ayatollahs iraníes recrudeció
la pugna por el liderazgo moral en el mundo islámico entre los sunnís y chiís.
Arabia Saudí, como guardiana de los santos lugares y paladín del islam sunnita,
se enfrentó al Irán chiita por el predominio en la umma o comunidad de
creyentes. Los saudíes iniciaron vastos programas de educación religiosa en el
interior y en el exterior. Millonarios fondos se utilizaron en programas de
cooperación e inversión regional condicionados por la difusión de la visión wahabí
del islam sunnita. Seminarios, fundaciones, periódicos islámicos, obras
benéficas, becas para estudiar en Arabia, construcción de mezquitas, escuelas
coránicas, incluso universidades, constituyeron los pilares de este programa de
expansión religiosa financiado por Arabia, que podemos calificar como una nueva
forma de concebir la yihad. La revista norteamericana The Globalist publicaba
en febrero de 2017 un informe en el que afirmaba que Arabia ha gastado ya más
de 100.000 millones de dólares en esta campaña.
En Asia, Pakistán cuenta con un programa de
asistencia educativa saudí que ha prestado más de 6.000 millones de dólares al
desarrollo; Bangladesh cuenta con más de 560 mezquitas que han sido financiadas
completamente por Riad; en Indonesia han sido más de 150, e incluso se ha
instalado una universidad (LIPIA) en cuyo campus no se usa el indonesio, sino
el árabe. La India, Filipinas, Daguestán, Azerbaiyán y Chechenia han recibido
también la atención de los clérigos wahabíes. En Iberoamérica la inmigración
siria y libanesa hace que el chiismo tenga un mayor arraigo, y de momento el
radicalismo tan sólo se ha mostrado a través del atentado en Buenos Aires
contra la Asociación Mutual Israelita Argentina, siendo el régimen iraní el
principal sospechoso de su autoría. Sin embargo el wahabismo está presente en
la Organización Islámica para América Latina y el Caribe, financiada también
por los saudíes. En el África negra además de la construcción de mezquitas y
madrasas, Arabia ha suministrado libros para escuelas, ha llevado sus propios
predicadores y maestros y ha repartido miles de becas para cursar estudios en
sus universidades. En Malí y Niger la influencia qatarí y saudí ha conseguido
crear una conciencia política islámica que está radicalizando a la población,
en Nigeria no se puede ignorar que Muhammad Yusuf, fundador de Boko
Haram, recibió refugio en el reino saudí en 2004. La nada sospechosa Farah
Pandith, enviada especial del Departamento de Estado para las comunidades
musulmanes del Gobierno de Obama, estudió la situación en 80 países con
presencia significativa de musulmanes y concluyó que: «En cada
lugar que visité, la influencia wahabí era una presencia insidiosa,
cambiando la identidad local, desplazando las vigentes formas de práctica islámica
arraigadas histórica y culturalmente, y sacando de allí a personas que eran
pagadas para seguir sus reglas o que se convertían en sus propios vigilantes de
la visión wahabí». Las consecuencias de la influencia religiosa y educativa del
islamismo wahabí en el tercer mundo se traducen en que sus ideas radicales
están calando en amplias capas de la población y lo que es peor, en una élite
de líderes con formación universitaria y con proyección política y económica.
Por ejemplo, en Indonesia Habib Rizieq, fundador del Frente
de Defensores del Islam, y Jafar Umar Thalib, que fundó la
milicia anticristiana Laskar Jihad, salieron de instituciones
educativas wahabís.
Según la organización Human Rights Watch, los
textos educativos utilizados por el gobierno saudí incluyen pasajes que incitan
al odio religioso, con especial énfasis en cristianos y judíos que son
descritos como kufirs o infieles, por mucho que sean
considerados gentes del libro. En un informe de julio de 2017, la organización
británica Henry Jackson Society acusaba al
gobierno saudí de financiar programas educativos en escuelas
islámicas, en el Reino Unido, que usan los mismos libros que la educación
rigorista wahabí. El contenido de estos libros de texto es tan radical que
en 2014 el Estado Islámico los adoptó como libros de texto
oficiales para las escuelas del califato islámico. Por supuesto en el resto de
Europa sucede exactamente lo mismo, porque el wahabismo se ha acabado por
imponer como la nueva ortodoxia sunní a nivel mundial, exponiendo a la radicalización
a cualquier comunidad musulmana. Su contrapeso, el islam chií, patrocinado más
modestamente por Irán, no se queda a la zaga en radicalismo, por tanto las
influencias político-religiosas que predominantemente vienen recibiendo los
creyentes musulmanes no se caracterizan precisamente por la moderación.
No obstante, la autoridad del islam chií entre el
colectivo de inmigrantes musulmanes en Europa es muy limitada y no son
precisamente sus mezquitas y madrasas donde se forman los futuros yihadistas.
En cuanto a la influencia política iraní en la sociedad Occidental queda
reducida a los grupos de ultraizquierda como Podemos, que actúan en sus
críticas contra Arabia Saudí y EE.UU, por un lado, como peones a sueldo en el
tablero en que se enfrentan chiíes y sunnitas, y por otro, movidos por sus
propios intereses anticapitalistas, sin olvidar que su alineación proislámica
tan sólo se entiende en su guerra marxista contra la identidad cultural
cristiana de Europa.
Riad ha financiado más de 1.300 mezquitas en territorio europeo y
norteamericano, así como unos 2.000 centros islámicos
La influencia política de Arabia Saudí en Occidente
resulta más problemática. Se calcula que más de 25 millones de inmigrantes
musulmanes viven legalmente dentro de la Unión Europea, a los que habría que
añadir el número indeterminado de ilegales, y aquellos que han obtenido la
nacionalidad de algún país europeo, de los cuales el 90 % pertenece al islam
sunnita. Sus condiciones sociales, especialmente en ghettos como
Molenbeek, sin duda constituyen un caldo de cultivo para que el radicalismo
islámico vaya calando a través de la cuidada estrategia de influencia religiosa
y cultural wahabí.
Riad ha financiado más de 1.300 mezquitas en
territorio europeo y norteamericano, así como unos 2.000 centros islámicos,
dentro de su proyecto multimillonario para exportar el islam wahabí por todo el
mundo islámico, incluidas las comunidades musulmanas de Occidente. Más de 5.000
musulmanes procedentes de Europa se han unido a las filas del yihadismo en
Oriente Próximo y hasta la fecha cerca de 700 personas han muerto dentro de
nuestras fronteras a consecuencia de los atentados islamistas. Sin embargo
Occidente, a pesar de pagar la factura en términos de radicalismo y terrorismo
en su propio territorio, prosigue su política de laissez faire con
Arabia Saudí.
Los saudíes están comprometidos en comprar
influencia política a través de la inversión estratégica en los países
occidentales, lo que ha convertido en rehenes de los intereses económicos a los
gobiernos occidentales. El caso Khashoggi es un ejemplo más de
ello, pero enmarcado única y exclusivamente dentro del conocimiento de causa de
la represión interna del régimen saudí, no de su política religiosa.
Lo auténticamente escandaloso es la tolerancia con
el proselitismo wahabita, pese a que las autoridades políticas occidentales
conocen perfectamente que constituye una estrategia a largo plazo para influir
en Europa y en el resto del mundo y forma parte de la política exterior de
Arabia Saudí y los países del Golfo, como puso de manifiesto el diario
alemán Süddeutscher Zeitung, citando fuentes de los servicios
secretos alemanes. En este conglomerado curiosamente ignoramos el alcance que
tiene la inversión saudita en medios de comunicación occidentales y redes
sociales, pero sería propio de ilusos no presentir que las mismas tienen que
ser millonarias. Así podemos entender la censura de Twitter a cualquier crítica
persistente contra el islam, o el empeño en blanquear la imagen del islamismo
en medios “progresistas” (y no tanto), como la BBC o CNN, que sin ningún rubor
sostienen que la yihad es un concepto de defensa y no de ataque, tal y como
malinterpreta una minoría salafista. Tan de defensa, que el propio Ibn
Saud tuvo que hacer frente en 1932 a la rebelión de los ikhwan,
quienes no estaban de acuerdo con su forma de gobernar y querían expandir el
wahabismo más allá de las fronteras de la península arábiga.
No nos equivocaríamos mucho en sospechar que los
saudíes compran influencia política e ideológica a través de una red de
partidarios occidentales bien pagados y situados estratégicamente para defender
sus intereses, pero tampoco erraríamos si pensásemos que a los intereses
económicos para hacer la vista gorda se le suma la pinza del mundialismo,
empeñado en crear una sociedad multicultural que prescinda de la identidad
europea, en la que el islamismo no debe considerarse ajeno ni contemplarse con
recelo, tildando de islamofobia cualquier desconfianza y crítica contra el
mismo.
Post extraído
de: https://gaceta.es/mundo/arabia-saudi-o-el-precio-de-la-conciencia-de-occidente-20181030-0650/


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